Asunto: la memoria; instrumento: la txalaparta.
Tras haberse liado con el jazz y el flamenco, compartir escenarios junto
a Stan Getz, Larry Coryell o Airto Moreira, y colaborar en grabaciones de
Dissidenten, Tomás San Miguel (Vitoria, 1953) ha partido ahora en busca
de su identidad musical, en un viaje a las raíces de consecuencias imprevisibles
pero ciertamente estimulante.El proyecto Lezao, publicado en disco
por Nuevos Medios, es uno de los más sugerentes, por su originalidad y creatividad,
que se hayan realizado en el mundo musical español a lo largo de estos últimos
años. Se trata de depurar un lenguaje propio desde el encuentro entre lo
ancestral y lo tecnológico, del choque de la máquina con la madera; o sea,
a partir del sonido de la txalaparta.
Cuatro tablones
La txalaparta consiste, como en este caso, en cuatro tablones colocados de
forma horizontal sobre caballetes. Cuentan que su ritmo nació de la imitación
del sonido (le los caballos y que se tocaba para anunciar ciertas fiestas
en zonas del país vasco. Dos personas golpean la madera con sendos palos,
también de madera, sujetados verticalmente. Los componentes de Gerla Beti
realizaron una fascinante demostración; cuando aceleraban sus movimientos,
parecía una danza.La telúrica txalaparta actúa como elemento catártico. El
percutir un trozo de madera para ritmar el tiempo debió de ser uno de los
primeros actos musicales del ser humano, y cada vez que alguien lo repite
se remueve algo en el recuerdo genético. Para el teclista y compositor
vitoriano Lezao, nombre de un enclave de Álava, significa la búsqueda musical
de esa memoria del tiempo. San Miguel se hace aquella pregunta clave: de dónde
venimos y adónde vamos. Y se la hace rastreando la huella de su pasado en
el latido de Lezao, en el sonido que nace del árbol.