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La memoria del tiempo



CARLOS GALILEA
EL PAIS | Cultura - --

Asunto: la memoria; instrumento: la txalaparta. Tras haberse liado con el jazz y el flamenco, compartir escenarios junto a Stan Getz, Larry Coryell o Airto Moreira, y colaborar en grabaciones de Dissidenten, Tomás San Miguel (Vitoria, 1953) ha partido ahora en busca de su identidad musical, en un viaje a las raíces de consecuencias imprevisibles pero ciertamente estimulante.El proyecto Lezao, publicado en disco por Nuevos Medios, es uno de los más sugerentes, por su originalidad y creatividad, que se hayan realizado en el mundo musical español a lo largo de estos últimos años. Se trata de depurar un lenguaje propio desde el encuentro entre lo ancestral y lo tecnológico, del choque de la máquina con la madera; o sea, a partir del sonido de la txalaparta.

Cuatro tablones
La txalaparta consiste, como en este caso, en cuatro tablones colocados de forma horizontal sobre caballetes. Cuentan que su ritmo nació de la imitación del sonido (le los caballos y que se tocaba para anunciar ciertas fiestas en zonas del país vasco. Dos personas golpean la madera con sendos palos, también de madera, sujetados verticalmente. Los componentes de Gerla Beti realizaron una fascinante demostración; cuando aceleraban sus movimientos, parecía una danza.La telúrica txalaparta actúa como elemento catártico. El percutir un trozo de madera para ritmar el tiempo debió de ser uno de los primeros actos musicales del ser humano, y cada vez que alguien lo repite se remueve algo en el recuerdo genético.

Para el teclista y compositor vitoriano Lezao, nombre de un enclave de Álava, significa la búsqueda musical de esa memoria del tiempo. San Miguel se hace aquella pregunta clave: de dónde venimos y adónde vamos. Y se la hace rastreando la huella de su pasado en el latido de Lezao, en el sonido que nace del árbol.





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