Ceremonia de clausura española en el VII Festival de Jazz. Las bandas
de Tomás San Miguel y Benavent Amargós con
Jorge Pardo cerraron el pasado sábado el potente y arrítmico festival iniciado
el 5 de noviembre. Decimotercera jornada, cerrada entre aplausos de los
fieles, últimos y devotos supervivientes del maratoniano festival.No es
precisamente un elemental sentido del ritmo -para qué hablar de swing- lo
que lleva a emplazar la noche española para el turno de despedida. Tras
Miles, Marsalis, Rollins, Bowie, Hancock... tras tanto como uno ha podido
desear ver en este festival si no exhaustivo sí agotador, llegaba la última
noche con un teatro satisfecho en tres cuartas partes de su aforo.
La banda del pianista Tomás San Miguel entró con el
sonido de la noche: ese territorio, aún apenas mensurado, en el que dos artes
que han nacido paralelos, el Jazz y el flamenco, deben encontrar expresion
común. San Miguel contaba con la eficacia de Carlos Carli en la batería. En
el mismo flanco estaba Pepe Pereira en el bajo, que maravilló con un Slaping
Funky. En medio, el joven Juan Manuel Cañizares, con su guitarra, adentrándose
en el camino apenas hollado y del que siempre regresaron. Aires de pasodoble,
escalas españolas, riqueza de sonido y algo parecido a la falta de ten sión.
Tomás San Miguel es un muy pulcro pianista, del que es posible aventurar un
serio apren dizaje en la obra de Bill Evans, y un compositor y arreglista
al que no faltan ideas. Pero en la formu lación de sonido de su banda hay
algo cercano a una no bien re suelta voluntad de standard.
El grupo que cerraba la noche y este festival provocaba el encuentro del
estado mayor del Jazz-rock catalán con un solista madrileño, Jorge
Pardo, que fue recibido por el público con aplausos de singular cordialidad.
Ni la banda, ni el encuentro de la noche, nacen con vocación de rendirse a
la etiqueta, pero, para situarnos, valga decir que su música se desarrolla
dentro de la órbita del jazz-rock, en su específica vertiente catalana.
A las escalas flamencas suceden los aires mediterráneos y la rumba, que consiguió
un nuevo récord de desastre en las palmas de la concurrencia. A la versatilidad'de
Joan Albert Amargós, en los distintos teclados, se enlazaba la continua lección
de uno de los mejores bajistas europeos, Carles Benavent, que deslumbró en
el bajo eléctrico y disfrutó con el bajo sintetizado. Jordi Bonell, un elegante
guitarrista que siempre tiene cosas que decir, y Salvador Font, el batería
inquebrantable, completan el cuarteto inicial al que, en la noche se sumaba
Jorge Pardo, cabeza visible del buen jazz madrileño de los últimos años. Jorge
estuvo convincente en el saxo, en el que no se prodigó, dedicando la noche
a la flauta y a alguna esporádica intervención del sopranino.